Durante treinta años creí que era una persona especial. Así me educaron y así crecí, haciendo enorme esa bola por la pendiente de estar vivo, de creerme fielmente la premisa de haber sido tocado con vara mágica por un ser etéreo.
De pronto radicalmente corté de tajo mi historia personal optando irme en un viaje iniciático a Sudamérica -soy de Yucatán, México- y así comenzó un declive de tintes épicos y fabulosos que culminó con la simbólica "ruptura" de mi columna vertebral en febrero del 2001 al retornar después de dos años como aventurero por la ruta de los Andes.
Una mañana, sin razón aparente y absolutamente ninguna explicación científica hasta ahora, desperté y ninguna de mis vértebras se hallaba en su lugar. A los 30 años, algo decidió por mí que la historia que había asumido como un "ungido" de los dioses para ser el próximo gran artista que el mundo conoció era una historia equivocada, y que esa nube que me había concedido el "sentirme especial" era de mis errores el más estúpido.
El día que al fin descubrí que no era un ser especial la verdad comenzó a desentrañarse en mí a manera de poderosas revelaciones cosificadas en mi entorno, que de a pocos fui descubriendo que eran nítidas piezas de un rompecabezas básico, ni siquiera tan dificil de ser armado, dejando de ser así esa sustancia mental engañosa e inalcanzable como usualmente aparenta.
¿Podría ser cierto que el obstáculo era ser especial o la clave radicaba en el verbo "creer"?
¿Es que no ésta es la clave hacia el paraíso prometido?
¿Qué había de malo en el instinto más vulgar y -por ende- menos evolucionario del ser humano?
¿"Creer"?
Todavía era necesaria la confrontación con demonios de peor índole que un estado casi inválido por una espalda hecha pedazos. Peores como saber de un hijo que me fue negado, una relación tormentosa que casi acaba en tragedia y una pérdida de la razón casi total, incluso al grado de apostar por la muerte. Y más aún...